Me gustan las tardes decembrinas, con ese calor alborotao que inspira a una pereza colectiva de no querer trabajar después de las 4 de la tarde, cuando el viento fresco vuelve a los árboles y a las palmeras de Medellín un sonajero que se amiga con las incontables luces de la ciudad que me hace guiños picarones.
Me place este 3 de diciembre, ser la privilegiada solitaria de mi casa con guirnaldas kistch, mientras en la cocina se marinan las carnes previas al horneado, estallido aromático de una gula, invitada requerida que se sienta a la mesa sin remordimientos, aparecida en las tardes imperdibles de arreboles veraniegos.
Adoro y disfruto cocinar la poesía de los banquetes que convocan a las familias, a los amigos, a los novios, a los amantes, a los que no se dan título, por que ya lo he dicho, cocinar es la forma más celestial del lenguaje para decir te quiero.
Cocino los recuerdos, las añoranzas de esa canción que dice "Aquellos diciembres, aquellos diciembres que nunca volverán". La nostalgia con unos bambucos de amores profundos como se titula el trabajo musical de una mujer que me sorprende, sabe muy rico, tiene el gusto de los suspiros que son agridulces como la salsa de frutos rojos del pernil de cerdo que se cuece lentamente caramelizándose y haciéndome henchir el pecho de evocaciones de amados que se fueron a corretiar por ahí sus universos inhabitables.
Trato humildemente de alquimizar mi pasado, para que en una torta se haga el dulce presente esponjoso que mis manos pueden palpar y de hacer conservas para eso, para que se conserven los sabores más apetecidos y felices de otras estaciones que pasaron por un año que existe sólo en un frasco, el envase hermético de la memoria.
Y así se cuece todo en mi cocina, lento, lento como yo, como aveces lento el soltar, como aveces se elige en la vida entender, caminar, como debería ser cuando se ama de verdad, y así se cuece este diciembre, con canciones azules para las mañanas grices y ancestros: mi abuela tomando aguardiente y bailando los besos de caramelo, mi abuelo y sus tangos y su zarzuela, mi viejo, el niño Jesús que quiero que todavía me traiga ilusiones, mi vieja que cocina torta de yuca con bocadillo para recuperar la berraquera que le fue cercenada.
Así pues, asisito no má, cocino para quien me deje entrar a hacer parte de la experiencia humana maravillosa de la celebración, así, asisisto no má, es esta cocina decembrina donde el alma tiene manos, manos de mujer que ama, que ama amar.
Felices fiestas queridos míos!
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