Todo ardía en mi interior, afuera también ardía el verano, algunos cerros, algunas cosas que creía cercanas, tenía el corazón enrojecido, como la boca siempre roja de quien me hacía delirar, la piel hecha brasas naranjas, las lágrimas hirviendo quemaban mis mejillas cuando se derramaban inusitadamente en medío de las algarabías y encima ¡Era domingo!
Durante toda mi vida he sentido aversión por los domingos, fundamentalmente por el momento final de la tarde de los domingos; soy un bicho mañanero, me gusta la frescura y la inocencia de los rayos de luz calmos y consoladores de las mañanas cuando todo tiene la posibilidad del nacimiento y los colores inocentes del despertar, pero durante unos dos meses, hace poco, también detesté las mañanas del domingo, por que me evocaban una fugacidad temporal en la irrealidad provocada por el embriague del amor, que me ponía en evidencia ante la pérdida de algo de la belleza en medio de la cotidianidad de volver a mí sin compañía, la tortura de las horas interminables del desamor.
Levantarme de mi cama me parecía un acto heróico de superación, pero no me dejaba morir, creo en la lucha incesante de la guerrillera sonrisa a pesar, a pesar de todo, para que nada pese tanto, para que la liviandad me lleve en su alfombra árabe hasta la lámpara de Aladino.
Necesitaba no enfrascarme en los mismos recuerdos, dejar de dar vueltas obsesivas a las mismas preguntas entre la nada y la nada, deseaba que esa lamparita aladinesca me moviera algo del alma, me diera la capacidad instantánea de tomar las riendas de mi soledad, la que tanto me gusta, volver a mi estepa.
Un santo fue mi lámpara de los deseos:San Pedro.Un lugar me los concedió toditicos: San Pedro de los Milagros.
Me subí al auto de la arquitecta asesora de mi íntima reconstrucción, después de desayunarme un yogurth con un cigarrillo, muy 9:00 a.m y desperté lentamente en un viaje de dos horas que aunque con tijeras dañadas de falla mecánica, nos condujo en charlas hasta la casa ancestral de la raíz fundacional de la familia de Tatiana y Juliana, mujeres dotadas de una excepcional belleza.
Dos horas hasta San Pedro de los Milagros en las montañas de Antioquia, me hicieron despertar a los ojos penetrantes de Daniela y la voz y la traslucidés del alma de Mariana que, en compañía de Cristian, hombre grande en altura y en sentido vital amoroso, llegaron de Portugal a envolverme en un fado grandioso de vuelta a la reconciliación del disfrute que pedí en mis deseos con sus voces líricas y dibujos de diarios gráficos.
Creo que el sancocho de Tatiana ese domingo es, junto con el Sancocho de Ceci en San Rafael, los dos sancochos más sublimes, deliciosos, consistentes y restituyentes que he comido en mi vida y eso que en la casa de mis tias maternas no falta el sancocho de los domingos.
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| El diario de Daniela |
Hoy almorzamos en casa, ñoquis de papa criolla, salsa de hogao reducida en tapetusa montañera y cuajada asada, vinieron Cristian y Mariana con su canto, aunque no todo el tiempo canten, Daniela auunque en el nordeste de Brasil también estuvo nos acompañó Luisa y mi Jorgito próximo a partir a recorrer mi porteñaje.
Yo pedí en mi alfombra a la lamparita que todo lo concede que me moviera el alma y después los milagros de ese lugar, de 2 conciertos de opera clown, de los regalos del malevaje y el canto marinero de un fado, después de los brownies por los que Mariana delira, el cine de los hermanos Cohen, fue más que la lamparita, el canto de estos seres, lo que me devolvió la música, los dibujos de Daniela pintando los pensamientos, el asombro, ese sancocho y la maravilla de querer sin presentir, lo que me devolvió mi agustito con la mañana de los Domingos, los lunes, los martes...
Ese día de San Pedro, volví a degustarme yo en cualquier día de la semana.

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